
En medio del impacto que dejó el crimen del niño Ángel en Comodoro Rivadavia, los datos oficiales confirman una tendencia alarmante: en 2025, las denuncias por violencia intrafamiliar que afectan a niños, niñas y adolescentes crecieron más de un 57% en comparación con el año anterior.
Según informó la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema, los casos que involucran a menores superaron los 5.000 sobre un total que apenas excedió las 10.000 presentaciones. La proporción marca que uno de cada tres episodios registrados tiene como víctimas a niños y niñas.
El recorrido de los últimos años muestra una curva en ascenso. En 2021 se contabilizaron 2622 casos, en 2022 subieron a 3422 y en 2023 alcanzaron los 3828. Aunque en 2024 hubo una leve baja, el repunte de 2025 llevó las cifras al nivel más alto de la serie.
El desglose por edad revela que el grupo más afectado es el de seis a diez años, seguido por los menores de hasta cinco. A medida que avanza la edad, la incidencia disminuye, aunque en la adolescencia vuelve a crecer la proporción de mujeres víctimas. En términos generales, las niñas y adolescentes concentran la mayor parte de las denuncias.
En paralelo, también aumentó la cantidad de personas denunciadas: pasaron de 3484 en 2024 a más de 10.900 en 2025. En la mayoría de los casos, los agresores son varones y forman parte del entorno directo de las víctimas. Ocho de cada diez situaciones se producen dentro del núcleo familiar, principalmente en vínculos parentales.
Respecto de las formas de violencia, predomina la psicológica, aunque la física ocupa un lugar cada vez más relevante. En 2025, más de cuatro de cada diez chicos denunciaron haber sufrido agresiones físicas, una proporción superior a la del año previo.
Los primeros datos de 2026 refuerzan la preocupación. Solo en enero se realizaron 1153 evaluaciones de riesgo, con un leve incremento interanual. Casi un tercio de los casos correspondió a menores y más de una cuarta parte fue catalogada como de riesgo alto o muy alto.
Para la psicóloga Sol Rivera, estos hechos no irrumpen de manera aislada. "Las señales no aparecen de un día para el otro. Hay fallas en la capacidad de ver, escuchar e intervenir a tiempo", explicó. Según detalló, muchas de estas situaciones están atravesadas por adultos con dificultades para regular sus emociones, antecedentes de violencia o una mirada que ubica al niño en un lugar de sometimiento.
Las señales de alerta suelen manifestarse en el cuerpo y la conducta: lesiones frecuentes, cambios bruscos de comportamiento, miedo, aislamiento o dificultades para confiar en adultos. Sin embargo, muchas veces esos indicios se minimizan o se naturalizan.
"Cuando el maltrato se vuelve cotidiano, deja de percibirse como un problema. Ahí es donde el sistema, pero también el entorno cercano, deja de reaccionar", advirtió la especialista.
Frente a estos escenarios, el abordaje requiere acciones concretas: escuchar sin cuestionar, intervenir con profesionales y activar redes de contención. La prioridad, coinciden los especialistas, debe estar puesta en la protección del niño, incluso por encima de los adultos involucrados.